Hace un año…

A veces imperceptible, silencioso e incluso intangible, se nos olvida por momentos de que con su paso lento va dejando atrás sueños inconclusos, promesas que nunca se cumplieron.

Dentro de nuestra cotidianidad, en el apuro, olvidamos que todo pasa, incluyendo el tiempo. Que por nuestro afán no nos percatamos que vamos en una carrera contra el reloj y nos atropellamos muchas veces siendo la vida quien le toca recordarnos con sus sacudidas que estamos aquí solo por un tiempo y que al final solo somos instantes.

 

El 12 de agosto del 2018 me encontraba en Ubud, Bali. Me parece increíble que ya haya pasado un año. Había recorrido cientos de kilómetros. 40 horas en 5 aviones todo para llegar a un retiro espiritual. Una vez más, ahí estaba yo, subiéndome a un avión con mi equipaje cada vez más ligero, escapando por unos instantes de la realidad, pero consciente de que no importa cuan lejos te vayas los encapuchados siempre te encontrarán porque viven dentro de ti. Debo confesar que yo estaba un poco reacia al inicio. El retiro incluía clases de yoga y yo nunca lo había practicado. Esa era mi excusa, el problema superficial, es que no practico yoga, pero en el fondo sabía que eso era lo de menos.

Todo pasó en el momento que debía suceder, haberme librado de ese sobrepeso en mi equipaje, el cual cargué por muchos años, había sido reparador, pero a la vez muy abrumador, e irme lejos sola, era justo lo que necesitaba.

Unas semanas antes de llegar a Bali, había roto el silencio y no había marcha atrás. Fue la primera vez que entendí lo que era tener el corazón deshecho por sentir que lastimarías a quienes más amas al revelar tus secretos, pero me repetía a mi misma las palabras de mi psicóloga, este es un dolor que sana. Porque sí, sanar es un proceso muchas veces doloroso. Decidí hablar, romper las cadenas y enfrentar a mi más grande monstruo porque los secretos condenan no sólo a quien los guarda sino a quien percibe su lenguaje intrínseco.

No recuerdo haber llorado tanto desde aquella primavera en Buenos aires en el año 2008, pero ahí estaba diez años más tarde, llorando desde lo más profundo de mi ser, pero esta vez consolada por mis seres queridos.

Todo pasó en el momento que debía suceder, haberme librado de ese sobrepeso en mi equipaje, el cual cargué por muchos años, había sido reparador, pero a la vez muy abrumador, e irme lejos sola, era justo lo que necesitaba.

Después de aquella confesión, respiraba una bocanada de aire fresco, sentía la libertad, la motivación, las ganas de vivir, las ganas de cambiar. Podía percibir, por más cursi que suene, como una nueva versión de mi surgía. Como no sólo la ansiedad y la depresión desaparecían sino también la ira, el odio, la frustración.

Al llegar al retiro espiritual nos preguntaron ¿Qué desean lograr en estos días? ¿Para qué estás aquí? Debíamos analizarlo, sentirlo y una vez que tuviésemos la respuesta trabajar durante esos días en esa intención. ¿Cuál será tu mantra? ¿Qué te repetirás durante las meditaciones? Yo estaba en blanco. Todo eso me sonaba muy místico. Después de darle vueltas dije, estoy aquí porque quiero soltar, quiero aprender a dejarme cuidar, aprender a recibir amor sin desconfiar que puedan herirme con espinas, deseo permitir que cada quien ocupe su rol y dejar de escudarme en la súper poderosa que todo lo puede, no, no quiero cargar más todo este equipaje, y como estaba tan escéptica la vida me demostró que me había escuchado y me iba a terminar de enseñar la lección una vez por todas, porque a lo que te resistes, persiste.

El 14 de agosto a las 5am recibo una llamada, era mi hermana, me anuncia que uno de mis más grandes miedos se había concretizado. Alguien había entrado a robar en mi casa. Aquella sensación de libertad se desmoronó, la motivación, la sensación de estar protegida, todo absolutamente todo se derrumbó. Sentí miedo, enojo. Me sentí vulnerable, abusada, nuevamente. Era una sensación que me congeló, me paralizó. Estaba a cientos de kilómetros, no había nada que pudiese hacer más confiar, más que permitir que mi familia solucionara. Ahí estaba la vida respondiéndome, aprende a soltar, aprende a dejar que cada quien ocupe su rol, aprende a recibir ayuda, aprende a dejarte amar y cuidar. Regresarme no era una opción. Mi familia estaba bien, las pérdidas materiales eran lo de menos, pero aquella sensación de sentirme ultrajada, invadida, sin permiso, sin mi autorización me volvió a consumir. Me comencé a atormentar y la impotencia se convirtió en culpa. Si hubiese hecho esto, o quizá si no hubiese hecho aquello. Y ahí estaba mi mantra, “Eres inocente, no fue tu culpa”.

Al día siguiente tuvimos una sesión de meditación en la cual debíamos elegir una pareja. Sabía muy poco de la chica con la que me junté. En el ejercicio, durante la meditación, debíamos enviarle a nuestra compañera nuestro mantra, repetirlo, sentirlo y decírselo con nuestra mente. Estábamos acostadas, una al lado de la otra, sosteniendo nuestras manos, yo seguía escéptica, pero deseaba y necesitaba tanto sentir paz dentro de mi tormenta que ahí estaba yendo en contra de la razón.

Mis pensamientos no paraban, mi mente y mi corazón estaban en Panamá. Deseaba abrazar a mi hija, decirle que todo iba a estar bien, que mamá estaba a cargo, pero era imposible. De pronto sentí muchas ganas de llorar, me sentía atormentada, abrumada.

Al culminar nos sentamos y luchaba para que nadie se diera cuenta que deseaba llorar, no entendía que había pasado durante esa sesión, pero algo dentro de mí había sucedido. Observé a mi compañera y me percaté que estaba casi en lagrimas y sin decir nada nos abrazamos. No sabía porqué ni cómo pero ahí estaba yo permitiéndome confiar en una extraña, recibiendo su amor, su consuelo, su cariño. Mientras me abrazaba me dijo no tengo idea cuál haya sido tu mantra, pero me llegó a lo más profundo de mi corazón. Y ahí estaba la vida demostrándome que todo pasa, por y para algo. El mantra de ambas era ¡No fue tu culpa! Nos abrazamos compartiendo un dolor en común, entendiendo de dónde provenían nuestras lagrimas y sin saber que detrás de ese silencioso abrazo estaba el punto final que tanto habíamos buscado para ese oscuro capítulo de nuestras vidas.

Las semanas que siguieron fueron confusas, me sentía feliz por ratos, aturdida en otros, enojada, triste, fue una montaña rusa de sentimientos, me sentía intoxicada y me aislé. Necesitaba desintoxicarme, resetearme, alejarme de todos y de todo.

Y finalmente llegó el momento agridulce de volver a casa, enfrentar la verdad, entrar en mi lugar seguro sintiéndolo ajeno, violado, ultrajado. El momento de abrazar a mi hija y decirle que todo iba a estar bien, aunque yo así no lo sintiera. Llegué directo donde mi psicóloga, gritando en silencio “Repárame” “ayúdame” quítame este sentimiento. Porque sí, duele estar conectada. Prefería estar adormecida, no sentir nada. Le pedí cita a mi psiquiatra bajo el argumento de que las pastillas no me estaban funcionando. Deseaba algo que me hiciera dejar de sentir, y esa pastilla no existe.

  • “Estás sintiendo lo que debes sentir” “Lo que sientes no es producto de tu mente ni de tu pasado, corresponde a tu presente y es lo que debes sentir” – objetó mi terapeuta.

Y tenía razón. Hace un año un día como hoy jamás hubiese imaginado en la mujer que me convertí. Si hace un año alguien me hubiese dicho lo que hoy estoy viviendo, como siempre, hubiese dudado. Hace un año dejé de reinventarme para finalmente ser yo misma, sin reinvenciones que taparan mis heridas ni falsas sonrisas que ocultaran mi tristeza. Hace un año fui dada de alta de ansiolíticos y anti depresivos después de años de probar con prozac, fluoxetina, rivotril, melex, lamictal, entre muchos otros que ya ni recuerdo.

No fue el retiro espiritual, no sucedió en 5 días, fue un proceso de años que culminó en Bali cuando rompí el silencio, cuando decidí dar el paso final. ¿Cuántas veces hemos dejado de decir lo que sentimos? Por miedo a lastimar a los demás, cargando como consecuencia un peso que nos ancla que no nos deja avanzar. ¿Hace un año a dónde estabas? ¿Cómo te imaginaste, estas donde deseabas estar hace un año? ¿Has liberado tu equipaje o sigue igual de pesado? ¿Cómo te imaginas en un año? ¿A dónde? ¿Con quienes?

Hace un año jamás imaginé que hoy estaría aquí contándote todo esto, con voz firme y sin lágrimas en los ojos. Porque sanar no es olvidar, sanar es recordar todo aquello que algún día te lastimó y no sentir nada.

¿Y tú qué recuerdas que estabas enfrentando hace un año? Quizá pensaste que no lo lograrías, que jamás pasaría…y mira…ya ha pasado un año.

Con amor,

Stef Nieto
@equipajedeunamujer

Escrito por

Fan de los memes. Apasionada por la escritura y la lectura. Romántica oculta. Productora ejecutiva, locutora bilingüe internacional con más de 15 años de experiencia en el mundo del entretenimiento. Procuro aprender algo nuevo a diario. Casi nunca me peino y me río muy alto. De niña me regañaban porque "hablaba mucho en el colegio" y hoy me gano la vida con ello. Tengo una fascinación por las historias cotidianas, por la gente como tú, por la gente como yo. Coach Certificada y escritora publicada. Soy del mundo y al mundo me debo, soy VOZ dónde antes hubo silencio.