La mujer que no sana condena a sus próximas generaciones

“Sentada en su cama observa como la noche personifica sus mayores temores, algunos tienen forma de peluches, otros de sombras tenebrosas que parecen cobrar vida con cada segundo que se devora el reloj. ¿Habrá llegado mamá?

Intenta cerrar los ojos y con una sabana cubre su cabeza en un intento fallido de silenciar sus pensamientos. ¿Qué tanto puede haber en esa pequeña cabecita? A veces más de lo que pensamos. Ella sabe por experiencia que de noche salen a pasear sus monstruos y que se alimentan de sus miedos, y cierra los ojos rogando que pronto el sueño venza a sus temores. Al fin duerme y así pasa un día más sin hablar de lo que la atormenta.

A la mañana siguiente observa absorta el ajetreo matutino. Su mamá ya se ha ido, tenía una reunión importante. Una mañana más sin hablar de lo que la atormenta.

Entonces la tristeza se va acumulando y duele tanto que enoja, duele tanto que se transforma en ira, en odio y explota con quien se encuentre a su paso.

Llega a casa con la esperanza de que sus ansias adelanten las horas… Suena el teléfono, era mamá. Llegará tarde hoy también. Tiene mucho trabajo. Y así presiente que será un día más sin hablar de lo que la atormenta, pero guarda algo de esperanza y espera impacientemente que llegue la noche, quizá hoy mamá no esté tan ocupada como para escucharme, se repite en sus adentros. Y pasan los días y junto a ellos quedan retazos de aquella niña dulce y tierna que sentada en su cama observa como la noche una vez más personifica sus mayores temores. pero esta vez decide abrazarlos en vista que al parecer nunca nadie tendrá el tiempo de enseñarle a vencerlos.

Cierra los ojos, la ternura se ha convertido en ira, la dulzura en resentimiento. Y así pasan los días y nunca nadie supo lo que desde niña la atormenta. Ya de grande, con un equipaje a cuestas, lleno de heridas y remiendos, lucha por dar lo mejor de sí misma, pero no se puede dar lo que no se tiene, no se puede dar amor desde el resentimiento. Busca equivocadamente lugares seguros en personas incorrectas; tolerando malos tratos, adueñándose de la indiferencia porque así le enseñaron que era el amor. Ausente, silencioso y solitario”.

Vivimos en un mundo en donde nos sentimos invencibles y empoderados al decir que estamos ocupados. Un mundo que nos ha convencido de que entre menos tiempo tengamos para nosotros, para los nuestros, más exitosos somos ante los ojos de los demás. Caminamos adormecidos, como zombies, programados para alcanzar metas, sin darnos cuenta que la principal no la estamos cumpliendo. ESTAR CONECTADOS. ESTAR PRESENTES.

Esa niña me hizo recordar aquella tarde que toqué a su puerta.

Ayer mientras me disponía a grabar este episodio, ya tenía casi todo listo. Eran las 10pm y recibí una llamada, era el papá de mi hija, quien lloraba deseosa de volver a casa. La recibí en brazos, su lugar seguro, mamá está aquí. Hacía unos días una niña, la misma que mencioné en el episodio después de la tormenta; aquella que se pasa llorando en clases, la ofendió utilizando términos despectivos sobre su aspecto físico. Las sabias palabras de mi hija fueron: yo sé que ella está herida y por eso actúa así pero no por eso me tiene que ofender y sus palabras me hicieron dudar de mi.

Dentro de mi enojo e impotencia certeramente supe dos cosas: la primera, me sentía feliz que reconociera a una persona herida y que estuviese consciente de que eso no es excusa para dañar; y la segunda que esa duda que ocasionaron esas palabras hirientes era en lo que yo como madre debía trabajar, y seamos sensatos ¿quién no se ha sentido lastimado con algunas palabras mal intencionadas? Por más que nos repitan, “no hagas caso” las palabras no se las lleva el viento, las palabras laceran, las palabras hieren. Me enojé con aquella niña pero el enojo se convirtió en empatía, yo como adulta si puedo sentir empatía por ella, porque recordé como era yo cuando estaba hecha pedazos. Porque sí, cuando estás rota tus bordes filosos hieren a los demás, inclusive a quiénes te quieren amar.

“Mi vida es un desastre” exclamé. Convencida por completo de que mi afirmación era real.

Aquella niña me hizo recordar que cuando estás herida, hieres; que cuando somos padres y no hemos sanado nuestros hijos cargan nuestro equipaje, arrastran nuestros temores, nuestros miedos y las consecuencias de nuestros actos; que cuando no estamos conectados con nosotros, somos incapaces de leer las señales en los demás, incluyendo a nuestros hijos. Porque sí, esas actitudes de aquella niña son una grito desesperado por atención.

Esa niña me hizo recordar aquella tarde que toqué esa puerta. No sabía cómo era, su rostro, su carácter. Estaba nerviosa. Mientras esperaba lamenté no haber hecho aquella llamada para cancelar esa cita. Porqué no siempre se está listo para sanar.

Me recibió con una hermosa sonrisa, su rostro emanaba mucha paz. Me abrazó con una gran emoción. Fue extraño, pero comprendí su euforia, había escuchado mucho de mí por su hija. Su casa era acogedora, sus paredes blancas danzaban al ritmo de una tranquilidad que abrumaba, porqué no siempre se está lista para la paz después de la tormenta.

Me hizo pasar a una de las habitaciones. Era un espacio vacío y amplío, con tan solo dos sillas. Poco inusual para lo que yo estaba acostumbrada. Informal es la mejor palabra para describirlo. Esa comodidad tan hogareña me aterró, estaba completamente fuera de mi zona de confort, lejos de casa, lejos de lo conocido.

Que gusto conocerte finalmente Stefy. Caro me ha hablado mucho de vos. Cóntame. ¿Por qué estás acá?

“Mi vida es un desastre” exclamé. Convencida por completo de que mi afirmación era real. Me miró en silencio por unos segundos, unos largos segundos diría yo a juzgar por lo incomoda que me sentí al verla sonriendo con una ternura que de lejos me llamaba para consolarme. Me escuchó atenta por minutos que se convirtieron en horas, sin opinar, sin refutar ninguna de mis afirmaciones. Fue como si hubiese abierto mi equipaje y frente a sus ojos hubiese empezado a desempacar, esto se va, esto también. Saqué cada trapo viejo y feo que atesoré por años, aferrada a lo conocido. Me desnudé por completo. Cada fibra de mi cuerpo gritaba ARRÉGLAME, estoy hecha pedazos, arréglame. Fue un desahogo aferrado a un grito silencioso en busca de ayuda. Mirá Annie este es mi equipaje, no puedo más con él, ayúdame a vaciarlo. Porque ya no deseaba que nadie me ayudara a cargarlo y así supe que algo había cambiado en mi, porque mi anhelo era deshacerme de todo lo que me impedía ser feliz, no seguir culpando a terceros.

… y ahí estaba yo, aquella primavera, con mi equipaje completamente deshecho, no quedaba nada por sacar y anhelaba empezar a llenarlo de nuevos recuerdos.

 

Al igual que aquella niña, un día me convertí en adulta con un equipaje lleno de miedos y de secretos por revelar. Pasé la vida cargando el peso que traía consigo la sensación de vivir un día más sin hablar de lo que tanto me atormentaba. ¿Te suena esto familiar? Acumulamos, sin darnos cuenta, tristezas. Minimizamos el impacto de algunas heridas que jamás sanan y que se abren ante algunas situaciones, haciéndolas más y más grandes con el pasar del tiempo. La mujer que no sana condena a sus futuras generaciones, porque se enseña inconscientemente desde nuestras experiencias, porque no se puede dar de lo que no tenemos, y una mujer que no ha sanado no sabe cómo dar rosas sin lastimar con sus espinas.

Así vamos muchas veces, intentando amar desde la rabia, buscando amor desde el apego inseguro, desde la inseguridad, desde nuestros miedos. Amando con la vagina, como dice inteligentemente una amiga, utilizando nuestro cuerpo como un medio para llegar al amor, pero de eso hablaremos en otro episodio.

 

Llegué donde Anni sin conocer qué era Constelaciones familiares, dicen que el origen de muchos de los problemas en la adultez está en nuestra infancia, de esa alineación en el universo conformado por nuestros parientes. Esa alineación a veces retorcida, inapropiada. Define wikipedia a constelación familiar como la posición en la familia. Es una Pseudoterapia que postula que las personas son capaces de percibir de forma inconsciente patrones y estructuras en las relaciones familiares y que estos quedan memorizados, sirviendo como esquemas afectivos y cognitivos que afectan la conducta.

Somos el resultado de nuestro entorno, nos movemos en nuestro universo familiar desde la postura que hemos adoptado o nos han impuesto, cargando peso excesivo en nuestro equipaje lleno de los sueños frustrados y expectativas de nuestros padres. Los padres son los padres, y los hijos deben ser los hijos. Pero esto no siempre pasa.

Al salir de la primera sesión con Anni caminé más de 10 cuadras; incrédula, pasmada, sin palabras. Ahí estaba yo en ese salón vacío observando cómo por años adopté una postura que no me correspondía. Tomé los papeles en el piso que representaban a cada miembro de mi constelación familiar y en un gesto simbólico los coloqué en el lugar que a cada quien le correspondía ir, incluyéndome. Ahí estaba yo, aquella niña que pataleaba culpando a los demás, convirtiéndose en una adulta por dentro como ya lo era por fuera. Sí, porque sanar a la niña interior requiere de una mujer adulta consciente, presente y conectada. La Stefanie adormecida me estaba odiando, pero con cada paso que daba la sentía más mía, menos ella, era como si finalmente nuestro mundo se sincronizara, teniendo como testigo a la ciudad de la furia.

Al finalizar Anni me regaló un texto titulado Dónde están las monedas.

Leélo cuando llegues a casa y nos vemos la próxima semana.

Ella sabía claramente lo que venía, a diferencia de mí.

Y ahí iba yo, cambiando la historia de mis futuras generaciones, sin siquiera saberlo. Nieta de una modista, huérfana de madre a los 14 y de padre a los 16; y de un carpintero que creció sin conocer a su padre y cuya muerte de su madre jamás pudo olvidar. Hija de una mujer que anhelaba a gritos enmendar sus errores y a la que dentro de mi dolor, no permitía ser mi madre. Lastimé a muchos con mi distancia pero no se puede sanar en el lugar donde enfermaste, no se puede sanar junto a aquellos que amas cuando estás infectado porque puedes contagiarlos o dañarlos. Fue una cuarentena que valió cada lagrima. Porque sané y desde el amor he recuperado el tiempo perdido.

Lloré con cada estrofa de aquel texto que me regaló Anni,

– ¿A dónde están mis monedas? Me preguntaba.

Condenamos a nuestros padres, a nuestro pasado sin entender el de ellos. Sin comprender que son el resultado de su infancia, de sus carencias y de su historia. La vida es una cadena de sucesos.

Cuando acepté mis monedas, las monedas que mis padres pudieron darme, porque era todo lo que tenían, entendí que desde ese instante estaba a mi merced, era mi decisión sanar o seguir con el ciclo.

Once años después de aceptar mis monedas, en mi rol de madre me he dado cuenta cuan placentera ha sido esta labor, porque decidí sanar y al hacerlo liberé a mi hija de cadenas generacionales. De arrastrar con rabias, con mis vacíos, con mis insatisfacciones, con las de mi madre, de mi abuela. Ella me ve a al mando cargando mi equipaje, quizá no sea la madre que más cocina, pero le estoy enseñando lo que es ser una mujer ecuánime, responsable de su vida y de su felicidad. Porque como lo mencioné existen patrones, estructuras silenciosas que nos condicionan, secretos que nos condenan hasta que son revelados y sanados, pero de eso hablaremos en otro episodio.

Al sanar yo libré a mi hija de vivir condicionada a las frases que utilizamos para normalizar conductas que son llamados de atención por parte de los niños… “Es que así son los niños” “Esas ofensas son cosas de los niños”. No, los niños no son así. Los niños crecen así, absorbiendo, imitando, buscando aprobación, repitiendo patrones. Arrastrando heridas no sanadas de los padres, lidiando con vacíos que intentan llenar con el trabajo, con estar desconectados. Son el reflejo de padres ausentes, y cuando me refiero a ausente hablo de padres que están pero no viven conectados consigo mismos por ende tampoco con las necesidades emocionales de sus hijos.

Y al inicio dije que yo como adulta sí puedo sentir empatía por aquella niña porque soy consciente, tengo discernimiento, pero a mi hija no le puedo enseñar esto, porque no… no podemos normalizar malos tratos, ni ofensas, no podemos excusar actitudes que son gritos desesperados por atención. No, no puedo permitir que mi hija crezca excusando personas heridas. Desde el entendimiento podemos identificar porqué lo hace, pero es necesario que siempre sepamos que no tenemos que cargar con los pedazos rotos de nadie.

No vale de nada hablar con nuestros hijos, castigarlos, reprenderlos si nuestro interior sigue igual. Si en su equipaje cargan con la culpa de ser la razón principal por la cual un matrimonio enfermizo no acaba. Si en su equipaje cargan con el peso de “trabajo tanto para darte todo lo que tienes”. Nuestros hijos son el reflejo de nosotros, son el espejo perfecto en donde se dibujan nuestras carencias, nuestros monstruos más secretos. Ellos observan en silencio, atentos, a veces aparentemente adormecidos. Recordé al escribir esto  el fenómeno que solo ocurre en Suecia en donde niños presentan una rara condición llamada el síndrome de la resignación, la cual afecta únicamente a los hijos de personas que buscan asilo. Los niños entran en un estado completo de aislamiento, es como si los niños desconectaran la parte consciente del cerebro… literalmente se desconectan del mundo para protegerse de la terrible realidad que enfrentan. Para muchos esto demuestra que los niños son mas conscientes del mundo exterior de lo que imaginamos.

Y al final, nos abrazamos, se durmió acurrucada y consolada con el ritmo de mi corazón, le susurré al oído “Mamá está aquí”, observé la paz en sus ojos somnolientos, y ahí estábamos abrazadas las tres, mi hija, mi niña interior y la Stefanie adulta que hoy te comparte sus versos; en una armonía hipnotizadora que me recordaba segundo a segundo que la mujer que sana salva a sus próximas generaciones.

Descarga aquí el texto Dónde están las monedas

Escrito por

Fan de los memes. Apasionada por la escritura y la lectura. Romántica oculta. Productora ejecutiva, locutora bilingüe internacional con más de 15 años de experiencia en el mundo del entretenimiento. Procuro aprender algo nuevo a diario. Casi nunca me peino y me río muy alto. De niña me regañaban porque "hablaba mucho en el colegio" y hoy me gano la vida con ello. Tengo una fascinación por las historias cotidianas, por la gente como tú, por la gente como yo. Coach Certificada y escritora publicada. Soy del mundo y al mundo me debo, soy VOZ dónde antes hubo silencio.

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